Del mito al dato

 

¿Qué más acelerado, de hecho, que un giro radical que permita desviarse del eje temporal global y liberar de fantasías transhumanistas nuestra imaginación de futuros tecnológicos?  

 

Yuk Hui, Fragmentar el futuro. 

Ensayos sobre tecnodiversidad, 2020 

 

La sobreabundancia de información y el dataísmo abren la vía de un totalitarismo digital. Todo, absolutamente todo, lo que nos rodea es medible y cuantificable. Es tan transparente que se vuelve vacío de sentido. Porque el sentido está en la narración como relato con una trayectoria temporal no en la acumulación aditiva. La dificultad principal estriba en la existencia desmaterializada de la primera frente a la existencia material de la segunda, aunque ello suponga su almacenamiento en un lugar, a priori, tan abstracto como “la nube”.

Juan Falcón en su proyecto E-LIFE analiza “la crisis de la memoria” en tiempos de infoxicación. Desde la pluridisciplinariedad (paisaje sonoro, fotografía, pintura y vídeo-instalación) el artista reúne una miscelánea de elementos procedentes de ordenadores, routers, DVD, cámaras, móviles... y los estudia bajo múltiples ángulos y perspectivas que le empujan a cuestionarse las consecuencias que pueden derivarse de nuestro actual consumo de datos y de imágenes.

Ernst Van Alphen en su ensayo Escenificar el archivo. Arte y fotografía en la era de los nuevos medios sostiene: 

La crisis de la memoria no sólo es históricamente específica en el sentido sociopolítico. En mi opinión, está motivada también por la cultura mediática, por su abrumadora presencia desde la década de 1990 y por las formas específicas que dicha cultura desarrolla. El enorme impacto en la cultura de los medios fotográficos y cinematográficos no ha funcionado al servicio de la memoria, sino que, por el contrario, amenaza con destruir la memoria histórica y la imagen mnemónica. 

La palabra recordar, procedente de la etimología latina, está formada por el prefijo "re" (volver hacia atrás) y "cor, cordis" (corazón). Puede entenderse, entonces, que recordar significa traer algo al presente después de haberlo hecho pasar por el corazón. Pero quizás esto es humano, demasiado humano, en los tiempos de la inteligencia artificial y la computación cognitiva.  

Para el filósofo coreano Byung-Chul Han se está produciendo el paso del mito al dataísmo. Es el paso de la narración a la numeración, del pensamiento pausado de la mente al cálculo inmediato de la máquina. En su ensayo La desaparición de los rituales asevera:

El idealismo kantiano se basa en la fe de que el sujeto humano es el amo de la producción de conocimiento. El universo de Kant se centra en el sujeto libre y autónomo como instancia formadora y legisladora de conocimiento.

Hoy se está produciendo de forma silenciosa un nuevo cambio de paradigma. El giro antropológico copernicano que había elevando al sujeto a productor autónomo del saber, es reemplazado por un giro dataísta. Abdica como productor de saber y entrega su soberanía a los datos. 

Y continúa:

Ahora el saber es producido maquinalmente. La producción de saber impulsada por datos se hace sin sujeto humano ni conciencia. Enormes cantidades de datos desbancan al sujeto de su puesto central como productor de saber. Él mismo se ha atrofiado reduciéndose a un conjunto de datos, a una magnitud calculable y manejable. 

Los datos son el petróleo del siglo XXI. Cualquiera tiene a su alcance las decenas y decenas de artículos que llevan este titular que, en primera instancia, puede parecer sensacionalista pero que cada vez es más verídico. No tentemos a las distopías que las carga el diablo. Sin la red y las infraestructuras tecnológicas muchas de las actividades que hacemos o de los trabajos que realizamos no podrían ser llevados a cabo. Su cese implicaría un colapso del sistema. Es lo que conlleva la hiperconectividad. Además, todos y cada uno de los dispositivos que utilizamos en nuestro día a día aportan información que cotiza al alza. Y la información es poder y es control. Si los datos son el petróleo del siglo XXI, los centros de datos son el panóptico que los (y nos) vigila.

Según las ideas de Bentham su panóptico debía aplicarse a entornos disciplinarios de reclusión ya que garantizaba una vigilancia eficiente de los reclusos. El pensador inglés ideó una cárcel en la cual se vigilara todo desde un punto, sin ser visto. Este modelo no solo sirvió para las cárceles, sino también para las escuelas y las fábricas. También se extendió a nuestras ciudades bajo el concepto de la “vigilancia líquida” sobre la que teorizaron Zygmunt Bauman y David Lyon. Y, a día de hoy, a la red. Cada clic deja huella. Cada clic es archivado. Michel Foucault en Vigilar y castigar advirtió que el efecto más importante del panóptico es inducir en el detenido un estado permanente y consciente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder. El prisionero se autovigila y, en el caso del ecosistema digital, consiente la vigilancia por medio de la aceptación de la “Política de datos”. Pantalla tras pantalla autorizamos normas que ni entendemos o en las que no estamos de acuerdo, pero a las que nos plegamos sin apenas rechistar. 

La digitalización del mundo afecta a nuestra vida privada. No solo estamos hablando de permitir que las grandes corporaciones conozcan qué tipo de música escuchamos o qué deporte practicamos. Depositamos nuestra confianza en la tecnología como cuidadora. Lo hacemos porque nuestra memoria es frágil y perecedera. Lo hacemos porque nuestros recuerdos sabemos que se vuelven borrosos con el paso del tiempo. No recordar algo es como no haberlo vivido. Los ordenadores, cámaras digitales, móviles y demás artilugios archivan hoy gran parte de nuestros recuerdos. Las tarjetas de memoria son una extensión de nuestro yo. Pero, ¿pueden nuestros hábitos digitales ofrecer una representación exacta de nuestra persona? ¿Y de nuestra psique? ¿Y de nuestras emociones?  Si la base de datos aspira a apropiarse de la creación de significado sobre el mundo y también a ser su guardiana, ¿qué ocurre con el mito al que se refería Byung-Chul Han? ¿Qué sucede con la narración, con el relato? Y, más específicamente, ¿qué posición ocupan entonces la memoria y el recuerdo en el Big Data?, ¿los sometemos al yugo del algoritmo?

 

Natalia Alonso Arduengo

                                                                             Crítica y comisaria independiente 

 

 

 

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